El niño pintor de la
isla de Cuba rescata los contradictorios restos de
viejas religiones que su abuelo le ha ido transmitiendo
en largas letanías. Una grandeza divina que el olvido va
mermando como el mar salobre todo lo roe.
De un gran Dios va quedando un fetiche danzarín y
voluble sin rostro, sordo a las plegarias y rituales.
Restituir el
poder magnético a los disperses fragmentos del mundo
religioso antiguo es el impulso vital que aprecio y
admiro en la obra de Carlos Luna.