JR: ¿Cómo surge
el Carlos Luna pintor?
CL: Voy a
confesarte algo que hasta ahora no había hecho público.
Un hecho que solo conocían unas pocas personas y, sin
embargo, puede que ayude a entender el rumbo de mi arte.
Mi padre padeció un tipo de
esquizofrenia y recuerdo
que en mi infancia
durante un periodo de crisis de su enfermedad le dio por
dibujar sobre las paredes de su habitación, sobre todo
alrededor de la cama. Al parecer necesitaba hacerlo para
aliviar sus angustias. Tenía yo entonces unos cinco o
seis años. Nunca lo pude observar en plena acción de
dibujar, pero sí contemplé el resultado de sus
figuraciones cuando en un descuido de mi madre me podía
deslizar en el lugar. Eran paredes de ladrillos de
arcilla repellados con cemento de unos dos metros y
medio de alto por tres de ancho que mi viejo llenaba de
imágenes hechas a lápiz y creyón. Ese fue mi primer
encuentro con el acto de expresarse gráficamente.
Figuras nacidas de la necesidad urgente de sacarse cosas
de adentro. Ahora, mi primer contacto con arte culto fue
en la tabaquería de mi abuelo, en la que abuela tenía
una colección de imágenes de Cristo muy curiosas,
de las que recuerdo el
Cristo de Matthias Grünewald,
el de Andrea Mantegna
y el de Velázquez. Tenía también, imágenes de los Beatos
del período románico, en particular del Beato de Liébana.
Esas fueron mis primeras experiencias con el arte y de
dónde surgen y se fijan las primeras inquietudes.
JR: ¿Recuerdas algo de esas figuraciones
de tu padre?
CL: Eran muy primitivas. Tal vez eso fue
lo que predispuso en mí el posterior interés por los outsidersy
ese magnetismo que siempre han ejercido en mi gusto y
que tiene su origen en el hechizo de los dibujos de mi
padre.
JR: Pero, además, toda tu obra tiene un
tremendo peso antillano y rural…
CL: Bueno, es que ante todo soy guajiro
y en la medida que he ido pintando y sumergiéndome en el
proceso introspectivo de la creación me percato que mi
condición guajira está ahí a flor de piel. Eso
definitivamente marca mi obra
JR: ¿Observas tu pintura como
costumbrista?
CL: No, porque no pretendo ilustrar de
modo particular las costumbres del campo. Además, me
gusta la ciudad y los beneficios de la misma. Mi obra
creo que va más allá de lo pintoresco criollo y se
convierte en crónica y reflexión de varios aspectos de
la cultura y de la idiosincrasia. Es una mezcla de cosas.
En muchos casos son sólo pretextos para elucubraciones
estéticas y formales
JR: ¿Te
atreverías a clasificar tu obra?
CL: Es difícil.
Creo que soy traductor de una conjunción de diversas
referencias culturales e incluso raciales. No me veo en
una tendencia específica. En mí se cruzan géneros y
épocas. Por ejemplo, es cierto que lo que predomina en
mis obras es la figuración, pero hay zonas visibles de
abstracción.
JR: En tu discurso hay signos bien
determinados que se reiteran ¿se trata de un recurso
premeditadamente articulado o de recurrencias obsesivas
involuntarias?
CL: Hay las dos cosas. Claro que tengo un
glosario al cual acudo y armo frases visuales, pero hay
un momento semi inconciente, diríamos que es como un
trance donde la mano responde a lo que espontáneamente
está fluyendo. Me diferencio de un outsider porque de
pronto les pongo un orden a esas obsesiones. De manera,
que ciertamente hay códigos que se repiten y no me
percato. Yo vengo a la obra con una idea general
plasmada en el boceto, y en su ejecución se producen los
accidentes de la creación y algunos de ellos son
intuitivos.
JR: ¿Viene el título primero o la obra?
CL: En muchos casos el título viene
primero. La frase o la palabra puede condicionar el
camino de un proyecto. En otras ocasiones brotan
simultáneos. Te pongo el ejemplo de mi obra El Gran
Mambo. Estaba inmerso en el trabajo de esta pieza
que es como una gigantesca descarga rítmica con una
narración melódica pródiga, cuando recuerdo haber
escuchado un día algo de Pérez Prado
interpretado por Benny Moré
y de pronto surgió la idea del título porque de eso se
trataba lo que estaba pintando, de una especie de mambo
monumental.
JR: En algún momento he escrito que esta
obra, El Gran Mambo, es tu obra suma, es como la
condensación de tu experiencia como pintor. Se
manifiesta en esta obra la proximidad de Picasso, Lam y
el muralismo mexicano…¿cierto o no?
CL: Sin duda hay mucho de la magia del
arte popular mexicano y del muralismo. Mas que de
Picasso, hay una gran lección de los pasajes
apocalípticos del Beato de Liébana,
de quien también bebe Picasso. También
hay del Bosco, y la asimilación de Lam es inevitable
para cualquier artista cubano.
JR: Veo también
en El Gran Mambo y en algunas otras de tus obras
algo de la desarticulación narrativa del boom de
la literatura latinoamericana.
CL:
Definitivamente. Creo que bien pensado se pueden
establecer relaciones con ese fenómeno literario.
JR: ¿Qué
permanece del Carlos Luna de los ochenta y los noventa?
CL: Primero que
todo continúo siendo el mismo cubano. Sigue el mismo
afán de hacer una carrera con identidad propia. La misma
tesis de ser contemporáneo sobre el fundamento de una
tradición. Por supuesto he evolucionado, he incorporado
el recorrido y la información de las décadas
transcurridas
JR: ¿Tú saliste
de Cuba para México?
CL: Sí, en
septiembre de 1991.
JR: ¿Qué te
motiva salir de Cuba?
CL: No quiero
meterme en temas de política, pero puedo afirmarte que
mi decisión se basa en la necesidad de expresarme con
total libertad. En Cuba puedes expresarte hasta tanto no
toques un aspecto sensible que moleste al gobierno. Por
mi rebeldía allí en la isla siempre me sentía en la
picota, no caía bien en la estructuras establecidas de
la cultura oficialista. Saqué todo lo que pude de mi
obra de Cuba. Tuve allí una carrera de éxitos con
premios y reconocimientos, no me puedo quejar, más no
resistía el estado de cosas.
JR: De tu estancia de doce años en México
¿qué magisterio se hizo sentir más?
CL: Especialmente Rufino Tamayo. Tamayo
influye en mí sobre todo en las ideas, en la manera de
percibir el arte, en su actitud de ser contemporáneo
sobre la base de una tradición. Rufino era un artista
muy disciplinado y muy firme en sus creencias, por
encima de movimientos, tendencias, crítica y de
opiniones curatoriales. Era un artista independiente a
todo eso. Él fue para mí un paradigma desde antes de
salir de Cuba. Ya entonces había leído un texto de
Octavio Paz sobre Rufino y lo que yo quería hacer ya lo
veía esclarecido en esos párrafos y en su pintura. En
general, el arte mexicano tiene un peso fundamental en
mi obra. Hay otros maestros mexicanos que motivaron una
importante atención en mí y te puedo mencionar a José
Guadalupe Posada, Antonio Ruiz el Corzo, y conocí
personalmente a José Luis Cuevas, Juan Soriano,
Francisco Toledo, Irma Palacios
y Miguel Cervantes, quien fue amigo y
consejero cercano.
JR: ¿Piensas a esta altura de tu
trayectoria haberte dotado de un lenguaje y una
iconografía peculiar?
CL: Por supuesto. Pienso que la gente
puede reconocer fácilmente mi obra por la manera
personal en que expreso mi universo.
JR: ¿Dónde
termina la rutina y comienza la experimentación en tu
trabajo?
CL: Coexisten.
Apelo a medios tradicionales pero en cada pieza hay
nuevos planteamientos. Constantemente hay
una búsqueda de nuevos
materiales o herramientas. Pinceles con una función
específica los utilizo en otras variantes. Técnicas que
les daba curso de una manera y ahora lo hago de otra.
Muchas veces los ensayos son consecuencia de
observaciones derivadas del trabajo de los maestros de
la pintura, en otras ocasiones los requerimientos de la
pieza te exige una solución novedosa. En cada cuadro hay
un momento de experimentación, a la par de la disciplina
del oficio y de los métodos aprendidos en la academia.
La pintura tiene mucho de ciencia porque no puedes
arribar a un resultado sin antes respetar determinados
procesos. Lo experimental puede sorprenderte en
cualquier etapa de esos procesos y uno tiene que estar
atento a ese encuentro con la innovación. De lo
contrario, no evolucionas.
JR: ¿Te ha
ocurrido el acometer un proyecto de una obra con una
intención y que haya derivado hacia otro destino?
CL: Sí. En ese
sentido siempre estoy abierto al giro que pueda tomar
una idea y al curso de la improvisación. Trabajo con un
plan preconcebido y con un control pero también con una
tendencia a la flexibilidad y a los cambios. Ello es
natural en el arte.
JR: ¿Tienes algún
ritual que preceda o forme parte del proceso de creación?
CL: Pues, sí.
Tengo como una especie de ceremonial que comienza al
llegar a mi estudio y cambiarme la ropa que traigo
puesta por una más cómoda. De inmediato, pongo música
que me haga entrar en ambiente. La música es como la
apertura formal del taller. Muchas veces enciendo un
tabaco y desde mi silla reflexiono
sobre la pieza que voy
a trabajar. Ya desde el día anterior, tanto la paleta
como los pinceles y todas las herramientas que utilizo
han quedado limpias. Yo trabajo simultáneamente varias
obras y en ese pequeño preámbulo con el humo del tabaco
es que determino cuál es la pieza del día. Tengo
entonces unos minutos de concentración mirando la pieza
decidida, examinando lo hecho o lo que hay por hacer. La
música es muy importante para mí. Escucho música
tradicional cubana y mexicana que me conectan
inmediatamente a memorias, detalles y aspectos
significativos de mi vida. Entonces, fluyen las ideas y
comienzo a pintar.
JR: En lo
anecdótico que concurre a tu imaginería y en lo erótico
que por momentos recreas se percibe un predominio de lo
masculino, es decir, hay palpable presencia de machismo
¿Lo premeditas o brota involuntariamente?
CL: Sale espontáneamente porque yo nací y me formé en una
sociedad esencialmente machista. Lo curioso es que
aunque hay un mayor trabajo con lo masculino en mi obra,
en el momento en que aparece una figura femenina, la
misma se torna preponderante. La figura de mujer la
plasmo abarcadora o si aparece junto a la de un hombre
la hago de tamaño proporcionalmente mayor. Creo que en
el caso cubano hay que determinar la responsabilidad de
la mujer en esta forma de ver las cosas. Mamá nos educó
a todos nosotros para desenvolvernos en una sociedad
machista. Opino que es un factor terrible que
caracteriza a la sociedad hispanoamericana. Y el
machismo en Cuba es a ultranza, es como un miedo
solapado y a la vez poderoso a que se le reconozca
públicamente a la mujer el verdadero papel que juega
como formadora de generaciones y como árbitro
indispensable de la vida social. En mi trabajo quizás se
puede hallar ese conflicto interno del macho
latinoamericano. Esa guerra de sexos que fluye de
manera más o menos consciente en la psiquis del hombre
de nuestro continente. A veces, en mi pintura, trato de
ridiculizar o ironizar sobre el tema o de exponerlo en
toda su crudeza. Si lo hago o no acertadamente es parte
de mi lucha interna. Sí te puedo afirmar rotundamente
que respeto mucho a la mujer, y mi compañera puede dar
fe de ello, y aunque no soy un pro feminista, sí intento
defender sus cualidades, sus intereses, sus necesidades
y sus preocupaciones. Creo que la mujer tiene una
capacidad de resistencia que no tenemos los hombres,
tienen un capacidad de autonomía y de liderazgo de la
cual nosotros carecemos. La mujer, por lo general, está
mejor preparada para administrar
entre otras tantas cosas.
Considero que en el
caso de los artistas hombres, la selección de la mujer
con quien formar equipo
es fundamental en su carrera.
JR: Hay otro
tópico candente que nos toca particularmente en la
idiosincrasia, aunque es un fenómeno extendido en la
turbulencia contemporánea y que asoma en tu pintura a
través de la intención agresiva y de la presencia del
arma, me refiero a la violencia…
CL: Mi infancia transcurrió en un
apacible pueblo de campo, donde lo más natural del mundo
era sacrificar un animal para la subsistencia diaria,
este podía ser una cabra, un cerdo o una gallina. Eran
actos de violencia que formaba parte de los rigores de
la vida cotidiana. Sin embargo, cuando me trasladé a La
Habana a estudiar descubrí la violencia urbana y se me
hizo común el que la gente portara un arma como defensa
propia, o por necesidad de intimidar a sus semejantes.
En México padecí este fenómeno de manera personal y mi
trabajo no estuvo ni estará ajeno a este fenómeno que
desgraciadamente forma parte de la cotidianidad de la
vida moderna.
JR: ¿Te sientes ceñido al camino escogido
por ti en el desarrollo de tu obra?
CL: Fíjate que me parece que en esa
pregunta hay algo tendencioso. Yo estoy abierto a los
giros, efectivamente, pero me siento satisfecho con los
medios y el mundo que recreo. A lo largo de mis años
como artista he ido dando un paso a la vez, no me han
interesado ni las transformaciones bruscas ni los
grandes saltos, revisando, eso sí, aciertos y
desaciertos. Me paso la vida tratando de
retroalimentarme, replanteándome soluciones técnicas y
conceptuales. Cuando en exposiciones individuales he
tenido la oportunidad de contemplar secuencias de obras
que he realizado en distintas épocas, me percato de la
evolución, de la forma diferente de resolver el reto de
una pieza. Hay reciclaje con innovaciones. Con puntos de
vista que maniobran de acuerdo a la experiencia
JR: Bien, ya que has mencionado el tema
de las exposiciones me gustaría que me hablaras del
proyecto con el MOLAA ¿quién está acometiendo la
curaduría?
CL:
Cynthia
MacMullin, Vice Presidente asociada de Exhibiciones de
MOLAA e Idurre Alonso, curadora de MOLAA.
Ellas están a
cargo del itinerario de dos muestras: una en el MOLAA
con diecisiete piezas y otra en
American
University Museum en el Katzen Arts Center, en
Washington, DC
con unas tres o cuatro piezas más. Cynthia es
norteamericana e Idurre es española. Ambas conocieron mi
obra y se interesaron por llevarla a esos espacios. La
misma noche que se inaugura mi exposición en la
institución abre en la misma sede una muestra importante
de Lam. Imagínate cómo percibo ese momento
maravillosamente simultaneado con un maestro.
JR: ¿Qué tesis específica se ha propuesto
la curaduría?
CL: Bueno, el MOLAA se ha propuesto una
colección de artistas nacidos en América Latina cuyas
obras particularmente estén resueltas por métodos
tradicionales. Mi trabajo encaja perfectamente con
dichos objetivos.
JR: Hay una tendencia en el conjunto de
las piezas escogidas hacia tu faceta más barroca y
exuberante y te nombro algunos títulos - además del El Gran Mambo-
como: Café Con Con, Misa
Negra, El Rapto de la Catalina, Bruca Manigua, Hello mi amiga,
¿A qué se debe tal elección? ¿Tiene
algo que ver de paralelismo con Lam?
CL: Para nada. Es que es un aspecto
sobresaliente de muchos trabajos míos. Frecuentemente
inundo los territorios del lienzo con abigarramientos
que nacen de un incesante flujo de ideas o de propuestas
formales. A veces me siento estrecho de espacio. Es algo
innato en mí, forma parte de mi insistencia por mezclar
cosas disímiles. En caso de establecer una relación con
Lam, sería más bien de contrastes, porque la pintura del
maestro tiene mucho de metafísico en tanto la mía está
más apegada a las cosas de la tierra.
JR: También noto diversidad de técnicas y
medios en el conjunto... ¿Decisión de curaduría?
CL: Sí, así lo
decidieron Cynthia e Idurre; ellas hicieron toda la
selección de obras. Hay cosas representativas de los
tres o cuatro últimos años y piezas de la cosecha de
México, en las visitas que hicieran primero Cynthia y
después Idurre a mi estudio hicieron énfasis en que mi
tránsito por el territorio mexicano es importante para
comprender mi discurso. Las curadoras están muy
conectadas con mis orientaciones como artista y las
comparten, coinciden con sus conceptos y utilizan mi
obra para reforzarlos. Creo que toman en cuenta la gran
energía tradicional de las artes visuales en América
Latina y, al parecer, han encontrado un ejemplo compacto
de ello en mi obra. El pensamiento visual en el
continente tiene una fuerza contenida y estremecedora y
una identidad muy autóctona. Ellas piensan que mi
inserción en la cultura mexicana y la hibridez con el
fundamento cubano ha creado una forma novedosa de
plasmar las imágenes.
JR: En el
contexto actual de tu residencia en Estados Unidos ¿te
sientes artista cubano, hispano (según clasificación de
la burocracia) o latinoamericano?
CL: Me siento
todo a la vez. El que exhiba como un artista cubano o
no, no me hace sentir menos cubano. El que exhiba
como un artista hispano
o latinoamericano o no, no me hace mella en esa
pertenencia tampoco. Pero, además, aún con mis temáticas
de color local, me siento también artista norteamericano.
Me siento orgulloso de ser un ciudadano de Estados
Unidos y agradecido de lo que me ha proporcionado esta
nación. Me siento, al mismo tiempo, un poco ciudadano
del mundo, creo que es un sentimiento bastante familiar
a los cubanos dispersos por el planeta.
JR: ¿Qué le debes
al arte de Estados Unidos?
CL: Le debo
influencias estéticas y el sentido cívico y empresarial
del artista. El artista norteamericano tiene un sentido
pragmático de luchar por su arte. Busca el material de
calidad y cuál es el más adecuado para sus proyectos,
protege legalmente su resultado artístico, organiza y
documenta su obra, respeta el trabajo ajeno, procesa el
vínculo con el mercado.
JR: ¿Y desde el criterio meramente
estético?
CL: Hay artistas norteamericanos por los
que me siento muy atraído como Susan Rothenberg, Philip
Guston, Elizabeth Murray, Basquiat, Jasper Jones…y los
outsiders.
En la cultura
norteamericana los outsiders tienen un espacio
importante. Yo me siento cercano a Martin Ramirez, Eddie
Arning, Bill Traylor, entre otros. En ellos percibo
identidad, originalidad. Son DNA irrepetibles. Fueron
capaces de descubrir y de marcar un territorio propio de
expresión. Los outsiders viven tan agobiados por
el ruido exterior que viven zambullidos en sí mismos y
sus creaciones no son más que el resultado de lo que van
arrojando al mundo exterior de sus respectivos
laberintos. Su arte porta un lenguaje y una
personalidad exclusiva.
JR: ¿Qué
representa para ti el vínculo artista-museo?
CL: El espacio
ideal para la categorización de la obra de un artista es
el museo. El museo tiene sobre todo una función de
difusión de cultura. Esto lo comprendí sobre todo con
los maestros mexicanos. Ellos le confieren una enorme
importancia al espacio museal como Meca de la obra de un
creador. Hoy día existen decenas y decenas de ferias que
funcionan como una gran pachanga mercantil en la cual se
pierde la trascendencia de una conferencia o de
cualquier evento didáctico. Las ferias vienen a ser la
cobertura para hacer negocios más allá del contacto con
la obra de arte, son lugares de concurrencia de
banqueros, prestamistas y agentes de bienes raíces. El
museo es el lugar donde se le da prioridad al valor
educacional y estético de la obra y entiendo esa
relación institucional como indispensable al artista y
para la posición que puede ocupar su obra dentro de la
valoración crítica e histórica. En este aspecto no me
puedo quejar. Hay instituciones relevantes que se han
interesado en mis piezas y ahí están, gracias a Dios.
JR: ¿Cómo
valoras la interacción artista-mercado?
CL: Eso es un
asunto bastante complejo. El mercado es una mecanismo
voraz
al que no le importa
quien tú eres. Tú debes de
cumplir con la ley de oferta y demanda. Tienes que hacer
un arte que no te traicione y a la vez
que sea una propuesta para el consumo del coleccionista. Es
difícil. Hay muchas vías de vincularte como artista al
mercado. Hay quien se vincula a una galería y ésta lo
promueve. Yo decidí asumir mi gestión personalmente. Los
compradores que se me acercan les interesa y les gusta
lo que hago. Mi esposa me ayuda en la promoción y en
darme a conocer que es algo que aprendí en México que es
imprescindible para el creador, hacer conocer su cosecha.
JR: A ti no te va
mal con el mercado y te pregunto ¿ha puesto ello en
peligro tu estética?
CL: Para nada. Yo
he hecho lo que me ha venido en ganas en mi trabajo.
Pinto lo que deseo. Mis trabajos más felices, por
ejemplo, están colmados de un sexo que puede ofender al
conservadurismo de muchas familias y aún así la gente
los adquiere. Hay algo ahí que al parecer llama la
atención. No coqueteo al generar mi arte con los gustos
de nadie sino con los míos propios. Soy caprichoso con
lo que pinto y lo seguiré siendo. Los que me comisionan
una pieza lo hacen porque les gusta mi obra no porque yo
esté dispuesto a complacerlos
en algo. Y no voy a dejar de abordar los temas de una
manera cruda o problemática por complacer una compra.
Y
seguiré haciendo lo que me satisfaga independientemente
de la crítica y del mercado, en ese sentido soy
totalmente irreverente y trato por encima de todo de ser
fiel a mí mismo.
JR: ¿Sientes lo que haces apegado a la
cultura popular?
CL: Lo sentí desde Cuba y en México pude
enriquecerla de manera determinante. El arte popular es
una fuerza de expresión vigorosa. Tengo la tesis de que
la cultura popular es la columna vertebral de toda
expresión culta. En general me he nutrido de cualquier
expresión popular alrededor del mundo, por ejemplo, en
mi pueblo por años se hicieron unas carrozas y muñecones
para los carnavales que poseían una enorme carga entre
kitsch y popular que eran fascinantes donde se
encontraba presente la sátira solapada del poder con un
gran despliegue de astucia y de inventiva a la hora de
crear toda aquella parafernalia, estas imágenes dejaron
una importante huella en mí.
JR: ¿Entiendes la
pintura como una expresión de mayor permanencia?
CL: Lo permanente es muy relativo, lo que
es permanente para uno no lo es para otro. Lo que te
puedo decir es que durante mucho tiempo han tratado de
matar la pintura. Existen muchos detractores de la
pintura y, sin embargo, ahí está, permaneciendo. Son
detractores por incapacidad, ignorancia o vagancia Yo
soy un artista y me expreso a través de medios
tradicionales con énfasis de la pintura, pero sobre todo
soy un defensor del arte que es uno solo. Creo en la
solución de conflictos vitales a través de la estética,
cualquiera que sea el medio expresivo, sea dibujo,
pintura, escultura, grabado, video, instalación, etc. La
obra de arte como arte estará definida y resuelta en sí
misma. Como te dije, yo me siento cómodo en la pintura,
es el medio en que deseo desenvolverme.
JR: Vamos a tomar otra punta de la misma
pregunta ¿Crees en la pintura cómo recurso discursivo en
el mundo contemporáneo?
CL: Para mí la
contemporaneidad no se ciñe a un medio. Eso significa un
error de percepción y una manifestación de ignorancia
como mencioné anteriormente. La contemporaneidad la
define la posición que se tome en el contexto y en el
tiempo que le toque a uno vivir. Soy tan contemporáneo
como el que hace fotografía intervenida o video. Hoy
muchos tienden a juzgar la contemporaneidad del artista
por el medio en que se expresa. Para mí es sencillo, el
que el arte requiera de una poderosa capacidad de
inventiva no quiere decir afortunadamente que todo
invento es arte. Pregúntale a la gente que actualmente
visitan el Museo del Prado si dejarían de ir
sencillamente porque las salas no albergan ni videos, ni
instalaciones u otros ensamblajes conceptuales. Y ahí
está el Prado y otros grandes museos del mundo
recibiendo miles de visitantes constantemente. La gente
le interesa ver obras que dejen una huella y basta.
Contemporaneidad es todo lo que está ocurriendo ahora.
Esta conversación que estamos teniendo junto a este
flamboyán es contemporaneidad. El flamboyán y sus
cientos de hojas jugando con la luz es contemporaneidad.
Su exhuberancia, su vistosidad y su sombra apacible es
contemporaneidad. Y si me provoca pintar ese flamboyán
con su sombra y lo hago de una forma desacostumbrada
eso es, definitivamente, contemporaneidad.
JR: ¿Te sientes distante del performance o de la instalación?
CL: Como parte de mi carrera no son de mi
interés. Yo tengo una visión más purista. Prefiero un
decorado teatral o cinematográfico de vanguardia a una
instalación. O disfruto más de un monólogo o de una
intensa pieza de dramaturgia que de un performance.
Lo cual no quiere decir que no esté en condiciones de
elogiar acciones visuales alternativas de elevada
calidad, aunque me parezcan medios de expresión a medio
camino entre formas más concretas de representación
artística. Con estas formas de expresión me pasa que las
veo como un intento de sumar muchas cosas para, en buena
cantidad de ocasiones, significar nada. Por ejemplo, yo
me pregunto con las instalaciones, si son tan buenas
novedosas y caras como es que al culminar las ferias de
arte estos ensamblajes complejos terminan en el basurero
porque no son suficientes las razones para volver con
ellos a casa Con lo que estoy diciendo no estoy
menospreciando esas vías del discurso visual de hoy día,
sino que te reflexiono en alta voz mis incertidumbres
con respecto a ellas.
JR: ¿Tus grandes
amores además de la pintura?
CL: Mi mujer y
mis hijos. Mi madre. La familia es compendio de amores.
La música, especialmente la música cubana… Los animales…Algunos
amigos bien escogidos, que nos cuidamos, nos protegemos.
Me satisface saberme amigo de mis amigos.
JR: ¿Claudia…?
CL: Claudia es la
esposa, la compañera, la confidente. La madre de mis
hijos, la que vela por su educación. La amiga que me
ayuda, la socia en el trabajo. Una crítica muy áspera de
mi obra. La persona que me hace poner los pies en la
tierra. La consejera. La que me acompaña en el
día a día.
Mis hijos con ella son el mayor premio. Claudia es una
parte esencial de mí. Algo quería Dios entre nosotros
que me la puso en el camino. Y que bueno que cuando nos
tropezamos el uno con el otro nos hayamos percatado que
teníamos que hacer cosas juntos. Llevamos desde entonces
quince años unidos. A veces la miro y me digo, debe ser
cabrón
para esta mujer amanecer mirándome la cara cada mañana.
Pero aquí estamos, por encima de todos los temporales,
respetando la unión que Dios decidió un buen día.
Jesus Rosado
Miami, FL Verano de 2007