La cosecha
visual de Carlos Luna abunda en
excepcionalidades. La primera de ellas consiste
en haberse trazado el propósito de pintar, en
plena postmodernidad, con el espíritu purista en
que lo acometió audazmente Elizabeth Murray
en los años setenta, sin reñirse con la vigencia
y la innovación y teniendo en cuenta que en la
actualidad el arte visual tiende a ser un
complejo entretejido de técnicas y añadiduras
formales. Porque si bien, en distintas etapas,
la creatividad de Luna ha incursionado a través
de la escultura, la cerámica y el artefacto, su
apego a la tradición de cada manifestación no ha
cedido a la tentación de sincretizarlas.
Otro aspecto
exclusivo de su obra es la lograda convergencia
entre la erudición estética que discurre
implícita en su proyecto expresivo con la
apariencia de espontaneidad nacida de la
ingenuidad popular o de la intuición de algún
aficionado virtuoso. Y, efectivamente, se
pudiera asumir la atmósfera naïve de la
imaginería de Carlos Luna pero no de otra manera
que como acto liberador del cual ha dispuesto
voluntariamente un pintor que dedicó
intensamente once años de su vida al
conocimiento artístico académico y que encuentra
su mater nutricia en la diversidad de culturas
y períodos.
No en balde la
grácil candidez del dibujo y la rústica
disposición de la figuración, tan
características de sus composiciones, nos pueden
remitir, simultáneamente, tanto a las animadas
representaciones del tradicional teatro de
marionetas, que a las escenas de los
folcloristas rusos de inicios del siglo XX. O a
la cautivante trayectoria de los outsiders
americanos como Bill Traylor, Martin Ramírez y
Eddie Arning, curiosa mezcla de empatías de las
que el propio artista confiesa extraer efectos a
la hora de componer la representación.
Pero las
afiliaciones selectivas de la mente de este
creador se mueven con una brazada mucho más
amplia a través de sincronías subconscientes o
en premeditados encuentros con legados
trascendentes de la cultura universal. Así se
explican los roces tangenciales con convenciones
del arte egipcio tales como la bidimensionalidad,
el simbolismo y ese hieratismo que el
historiador francés Francois Lenormant
definía como “una pantomima solemne y
cabalística” y que en el caso de Luna se
convierte en una mímica que entraña una
inminencia - jocosa o dramática- pero siempre
de expresividad evidente, tal como lo ilustran
las obras Soñador (2005)
y El Guajiro Cubano I (2003).
A ello se añaden
otros créditos hábilmente asimilados como el
toque de la fantasía exotista de Henri Rousseau
- visible en las imágenes de Buen Día
(2005) y Elefantito ja…bonito, bonito
(2004) -, el
dinamismo cromático del rayonista Mijail
Larionov y las formas tubulares de Fernand Leger.
A tan diverso surtido de recursos Luna incorpora
las soluciones sutilmente aprovechadas a partir
del constructivismo y el cubismo, así como de la
simbología del animismo africano y de las
conexiones técnicas al expresionismo abstracto
de Jackson Pollock y Willem de Kooning,
explicándose que tras la iconografía de
connotación costumbrista se presuma el compendio
de una aplicada exploración que contribuye a una
identidad pictórica inusual, donde se ha
reciclado la alta escuela a partir de un
espíritu neovanguardista.
Ninguna de las
reminiscencias mencionadas le resta singularidad
a la pintura de Carlos Luna. Su estilo es
irrepetible y avasallador. Cada elemento que
toma prestado de fuentes multiculturales se
diluye en su vigorosa creatividad caribeña y en
el arraigo de la crónica visual en el mundo
hispanoamericano. Además de que la pintura de
Carlos Luna es el reflejo de sí mismo como
protagonista o como depositario del relato. Es
su propio bagaje intelectual que se disimula en
el lenguaje pictórico, tan auténtico como
descifrable pero, a la vez, innovador e
impecablemente facturado. Es, también, su
humilde origen campesino, su amor a la tierra y
a la cotidianidad pueblerina. No hay historia en
sus cuadros donde no se perciba ese aroma a café
que suele acompañar a la mística del nativo de
Cuba .
Nacido en 1969,
en Pinar del Río, la región más occidental de
Cuba, Carlos inició su formación artística en la
Escuela de Artes Plásticas de su provincia
natal, continuándola en La Habana en la
prestigiosa Academia San Alejandro y en la
Escuela Nacional de Arte Cubanacán,
culminándola, en 1991, en el Instituto Superior
de Arte, el centro de más altos estudios en la
expresión artística .
Durante la década
anterior a su emergencia en el panorama del arte
en la isla, los dos sucesos más significativos
en el ámbito pictórico habían sido el auge del
hiperrealismo y la vigorización de un movimiento
de pintura popular de notables valores
estéticos. Pintores rudimentarios como Jay
Matamoros, Gilberto de la Nuez y Benito Ortiz,
entre otros, vivificaron con su imaginería
fresca y lustrosa unos años marcados por la
decadencia de un arte politizado y complaciente
con la dictadura castrista. Esa alternativa de
inspiración vernácula sería contemplada y
revalorizada, posteriormente, por la denominada
“generación de los ochenta”, promotora de un
fenómeno que estremeció el panorama visual en la
Isla con la renovación radical de los cánones
expresivos y con la incorporación de enfoques y
conceptos insólitos en los espacios de la
cultura cubana. Dicha corriente revitalizadora
que ha tenido una continuidad hasta nuestros
días es a la que críticos y estudiosos han
bautizado con la definición de nuevo arte
cubano, tendencia que nació con un carácter
contestatario y que en su evolución aportó
nuevos caminos teóricos y metodológicos,
abriéndose a temas desautorizados históricamente
por la censura del castrismo.
Esta generación
herética se haría cada vez más desafiante
al hegemonismo cultural del gobierno. A mediados
de los años ochenta una segunda ola de jóvenes
artistas radicalizarían aún más, en el terreno
de la estética y de la teoría del arte, la
confrontación social contra la falta de
libertades, la absorción ideológica del
autoritarismo y la degradación de los valores
éticos en la sociedad. Se trata de un talentoso
movimiento de peculiaridad congénita a la
circunstancia socioeconómica del modelo cubano,
que se hace difícil de clasificar por la
pluralidad y lo sorprendente de sus nuevos
recursos expresivos
De entre esos
autores irreverentes de dinámica fogosamente
transformadora, cuyo desprejuicio y temeridad
ignoraron los intentos de satanización por parte
del predeterminismo estatal… Justo de esa
bohemia cínica, que desnuda impúdicamente la
vileza de la dictadura planteando un arte
indómito ante el ojo colectivo, es que surge
impetuoso el temperamento de Carlos Luna.
La opción del
régimen hacia el liberalismo indócil de aquella
generación artística fue cerrarle gradualmente
el acceso al espacio público, mientras le
propiciaba la posibilidad de un aterciopelado
exilio. Una especie de puerta giratoria con sus
round trips condescendientes a condición
de no escalar en su hostilidad
antigubernamental.
En 1991, Carlos
Luna se exilió, pero sin terciopelo. La ruptura
con el totalitarismo fue drástica. Doloroso
desarraigo, pero inapelable. Se radica en México
donde conocerá a su amada Claudia y, junto con
ella, forjará la posibilidad de una nueva y
definitiva familia. Su isla, su entrañable
caimán natal, le acompaña en su valija de pintor
y tan pronto logra disponer de un caballete,
otra hornada de lienzos y papeles se despliega
en secuencia incesante de anécdotas, personajes
míticos, testimonios y paisaje raigal, permeados
de erotismo, de humor y de tragedia. Como si la
única manera de re-erigirse la memoria de su
isla-caimán-hogar fuese sobre el apuntalamiento
de trazos y colores.
No obstante, su
discurso antropológico se acopla al continente.
La dramaturgia visual de la ya enjundiosa
iconografía se enriquece con la idiosincrasia de
la nueva latitud. Sin abandonar los temas
populares autóctonos, siempre tamizados por la
información actualizada sobre la
contemporaneidad estética y bajo los influjos
todavía cercanos de la Escuela de La Habana,
a la que le adeuda la ascendencia de Carlos
Enríquez, Marcelo Pogolotti y Wifredo Lam, aún
así, resulta innegable que los doce años de
residencia en tierra mexicana, marcan otra etapa
de su creatividad, en la que se pueden percibir
señales de ósmosis cultural.
Su insaciable
indagatoria le acerca a las esencias del
muralismo mexicano y a las singularidades de la
obra de Rufino Tamayo, José Guadalupe Posada y
Francisco Toledo, sumándose nuevos patrones a la
amalgama de magisterios. Descubre el papel amate
y sus posibilidades como soporte gráfico. Se
lanza al estudio de los códices
mexicanos y de la ejecutoria de los artistas
populares sobre estos pliegos artesanales.
La obra de Luna
adquiere una mesurada mexicanidad que admite
algo del abigarramiento cromático tan frecuente
en el repertorio del arte mexicano y asimila
ciertas alusiones de la cultura local. Ese es el
caso de la representación de la Muerte, icono
macabro que exorcizara en su obra el maestro
Posada, haciéndola motivo secular y de
festividad y que Luna incluye en piezas como
Se Te Acabó El Mamey Cabrón (2003).
En el orden formal, la exaltación de los colores
es sometida reflexivamente por el sentido de
equilibrio de los valores con que Luna logra
acompasar la intensidad de sus piezas. La
representación de la imagen, aunque se nutre de
algunos rasgos del entorno, nunca se pliega a
conversiones estilísticas. Se diría que al
contrario, en tanto la hibridez intelectual ha
ensanchado y diversificado la expresividad del
artista, cada mestizaje con una porción de
cultura transterritorial, reafirma la afiliación
a su raigambre.
A partir del
2003, Carlos Luna y su prole se asientan en
Miami, ciudad que le posibilita el reencuentro
parcial con el ambiente nativo, al mismo tiempo
que le aproxima a lo más actualizado del arte
cubano en el exilio y a las vanguardias de
Norteamérica. La relocalización lo devuelve, en
cierto modo, a las coordenadas de su rebelde
nacimiento artístico con la diferencia de que
ahora el talento ha fraguado y el contexto, con
sus inmensas posibilidades para exteriorizar y
comunicar el caudal creador, se presta a la
promoción de una obra que a estas alturas ha
recorrido numerosos espacios expositores en
América y en Europa. De modo que si México
significó el maduradero conceptual, Miami, plaza
que ha venido germinando como crucero de la
cultura global, le representa el taller idóneo y
la necesaria plataforma de difusión en el ámbito
académico y en la elite del coleccionismo
internacional.
Los años
norteamericanos de la producción del joven
pintor, repartidos equilibradamente entre la
proximidad de la circunstancia antillana y el
impacto del cosmopolitismo intelectual de esta
gran nación, lejos de encausarlo en el proceso
de negociación de identidades al que se somete
la creatividad de algunos artistas exiliados, lo
han reafirmado en la visión consistente de que
el arte tiene una pertenencia y el propósito de
universalizar la antropología visual de lo
cubano es lo que sintoniza su inspiración y su
destreza con el acontecer de las periódicas
vanguardias. Signos inequívocos de que asumir el
abolengo puede ser un suceso no convencional.
Su pieza colosal
El Gran Mambo (2006), concebida en
Miami y la cual considero su capo laboro,
es la condensación de su carrera. Es como una
suerte de ensayo imaginológico que tributa,
desde una cosmovisión personalísima, a la épica
en el arte de Pablo Picasso y de los maestros
mexicanos, así como a la riqueza de signos en
Wifredo Lam. Es una obra que compendia los
trayectos del prolijo recorrido formal y
temático de Luna, extractando con capacidad
antológica los aspectos que lo han venido a
convertir, en mi opinión, en el exponente más
genuinamente raigal del denominado nuevo arte
cubano.
Anécdota y
comentario gráfico, fábula y mística, erotismo y
prejuicios, religiosidad y fetichismo
afrocubano, pop de referencias nacionales y
kitsch ironizado, claves todas en permanente
tensión entre la inmediatez y la evocación, se
entrelazan y reordenan para participar de zonas
de la cultura popular poco frecuentadas por sus
colegas. Esa recreación avant-garde de
las tradiciones, llevando los códigos de la
identidad a posibilidades de interpretación
universal, hace del arte de Luna un continuador
de la ruta de los maestros vanguardistas
cubanos.
El resultado
cautivante de su trabajo es faena de labriego.
Carlos Luna trabaja cada una de sus piezas con
febril artesanía, comenzando por la preparación
del soporte y la depuración de las primeras
fases de la representación que van a definir el
efecto visual que se ha propuesto. Las texturas
en sus superficies normalmente no rebosan sino
que más bien subyacen. Para ello, el artista
dota a sus lienzos, después de horas de ardua
dedicación, de la consistencia de un cuero de
tambor.
Las profundidades
del color y las elaboradas filigranas entrañan
jornadas de fatigosa orfebrería pictórica,
armado con pinceles, brochas, espátulas,
buriles, herramientas inventadas y hasta con las
propias manos. La selección de los tonos, en
ocasiones con valores exclusivos, la astuta
distribución de la iluminación y el trabajo de
los volúmenes completan el cálido ritmo interior
de una imaginería que se concibe para la
ductilidad vibrante.
Así brota el
torrente incontenible de gallos, cuchillos, elegguas,
vegetación, toros, astros, caballos, falos,
aviones, objetos caseros y gente. La
transposición gráfica gira en torno al diálogo
interno del escenario vernáculo, en cuyo
subtexto teatral palpita una comunidad con sus
angustias, sus ceremonias y sus regocijos. Raza
–la de Luna, la cubana- grandilocuente tanto en
el drama como en el júbilo. Son los joviales y
emotivos pobladores de su caimán-patria, el
terruño dond