A
través de la corriente de imágenes que constituyen lo
que tenemos la costumbre de llamar "La Pintura Cubana"
se ha ido precisando a todo lo largo de los dos siglos
pasados un diccionario de temas comunes. Los artistas
nacidos en la Isla los hemos logrado ir cifrando
intuitivamente con nuestras obras. Con nuestra capacidad
de análisis y de síntesis los hemos ido convirtiendo
progresivamente en conceptos poéticos bien precisos que
han llegado a ser los emblemas propios a una visión
original del entorno natural y social en que nos fue
dado desarrollarnos. Contribuyendo así a formar esa
cultura que se diferencia lo suficientemente de las
demás ramas del tronco común de la cultura occidental
como para aspirar legítimamente a tener nombre propio.
Ciertos
artistas se han dado a la tarea de tratar de hacer
entrar esta visión dentro de lo que las sucesivas
vanguardias europeas o norteamericanas exigían en su
momento dado. Otros han preferido buscar con
perseverancia la afirmación de nuestras diferencias
respecto a ese ámbito extranjero, afirmando aquellos
aspectos que ya existían en las formas que el pueblo,
con su intrincado mestizaje racial y sincretismo
cultural había ido elaborando en un proceso lento pero
vigoroso. Sorprendiéndose a veces a si mismo de sus
propios éxitos y de la atención que en otros espacios
culturales se nos daba a pesar de ser un país de poca
extensión territorial y relativamente poca población.
Algunos
artistas han logrado equilibrar su información acerca de
lo que pasa afuera de la Isla sin dejar de estar a la
escucha del corazón que late enterrado en el cuerpo de
diente perro y tierra colorada, bajo su capa vegetal.
Como ejemplo
de estos últimos me complace disfrutar contemplando como
evoluciona la obra ya importante del joven pintor Carlos
Luna.
La primera vez
que visité el taller donde elabora con ahínco sus
complicadas imágenes tuve la impresión de sentir en toda
su fuerza la expresión de una de las características más
dramáticas de nuestra idiosincrasia popular. Me refiero
al machismo.
Los personajes
que Carlos Luna representa en los espacios gráficos que
despliega con ejemplar claridad sobre sus grandes telas
están enfrascados en un zafarrancho de combate
desenfrenado. Ostentan poses y actitudes en las que la
mecánica muscular explicita la embriaguez que su propia
fuerza les confiere. Las articulaciones de los miembros
corporales recuerda a los personajes del teatro de
sombras balinés, o a las marionetas de una pesadilla
infantil que denunciasen la carga pasional del mundo en
que los adultos se atormentan mutuamente alrededor de
ellos. Están tetanizados con intenciones posesivas,
demasiado intensas para sus engranajes, podría sucederle
a veces que los miembros así sobrecargados de furias
emblemáticas se virasen en sentido contrario a lo largo
del curso desbocado de una danza que fuera mas allá de
los límites del placer y desbordara en un mas allá
alucinante en donde actúan las fuerzas que rigen
escondidas nuestros destinos individuales. Allá donde
ya no existen las razones ni la mesura humana. Aviones
vivos y seres indeterminados, banderas, y animales
metálicos recortados por efluvios fosforescentes, están
henchidos de su propia importancia y se imponen al
espectador imperativamente. Sin pedir permiso. Sin dar
cuenta de una intencionalidad que no sea la de expresar
irreprensiblemente esa misma urgencia. Esa intensa
necesidad de vivir manifestándose apasionadamente que
solo poseen algunos raros artistas. Hasta la vegetación
invade sus espacios con avasalladora confianza en su
propio derecho. Se arma de caras, ojos, elementos que la
animan con la misma rabia de vivir imponiéndose al
entorno por su razón o su propia fuerza. En este sistema
feroz tanto los elementos viriles, cuchillos, pistolas,
tabacos, como los femeninos, máquinas de coser, flores,
tazas de café, se responden con violencia equivalente,
porque ambos polos de este orbe están intrincados de
manera mutuamente dependiente en el esplendor de la
pelea.
Las obras estallan con su vehemencia ante los ojos
del espectador, desbordantes de humor y versatilidad, la
superficie de la materia y la intensidad de los colores
conmueven con una rara carga afectiva que las electriza.
Una carcajada salvaje recorre estas grandes telas, que
dicen fragmentos de discursos, bromas que hacen
referencia a discursos olvidados, como esas palabras
enigmáticas que son lo único que nos queda después de un
sueño del que se nos han escapado las imágenes.
En estas
grandes pinturas se expone con total claridad el sistema
de valores que determina las intensas relaciones que
entre los oriundos de la Isla establecen de un común
acuerdo y culpable complicidad los dos géneros. Esa
guerra que Baudelaire pintó con palabras en las Flores
del Mal, se halla aquí descrita con su gráfica imperiosa
en formas plenas, como repujadas por el recortado
dibujo, ceñidas por el vigor del trazo negro que las
exalta. Llevando la mirada desde el lineal encaje a la
táctil turgescencia de los volúmenes protuberantes que
sugieren aquella carne que la Santa Madre Iglesia trató,
con poco éxito, de meter en cintura con el corsé de sus
dogmas. Chamuscando con las llamas de las hogueras
destinadas a limpiar los cuerpos contaminados por la
exhuberancia del mundo de las percepciones, y por el
embrujo emborrachador de la vegetación tropical las
formas con que Carlos Luna despliega despreocupado con
su canto a la sexualidad y al libre juego de los
instintos. Es toda una iconografía del teatro del amor y
sus máscaras culturales que retroactivamente cargan de
mayor fuerza lo que la naturaleza ya asentó en las
propias carnes. La sinceridad brutal del "miénteme mas"
que pide el amante que no desea desengañarse y adora la
ilusión que tan deliciosamente lo tortura.
Hay mucha
violencia en estas pinturas y es la violencia del deseo,
de la dependencia que el frágil placer nos impone y que
las fuerzas de la naturaleza caribeña animan con su
ambigüedad moral desde los otanes encerrados en las
soperas que se esconden detrás de las telas por pintar y
de las pinturas en proceso de elaboración. Vida en
ebullición dentro de los cuerpos y en los rincones
oscuros al ras del suelo. Oscuridad con luz propia en el
misterio insondable que impulsa ciegamente a la especie
humana.
El Elegguá que en África ostentaba como el Príapo
romano el bastón de su orgullo viril, ese Mutunus
Tutunus popular de nuestros antepasados que fueron la
raíz de la raza latina, funda aquí en el taller de mi
amigo su nuevo reino en América.
El garabato encendido que jala ávidamente lo que
le pide el cuerpo cuelga de la rama de un árbol un
primero de enero cualquiera. Es el amanecer que canta el
guajiro en su tonada, es el eterno recomenzar de un
mundo perpetuamente joven.
Esta es otra "Guerra Florida" semejante a la de los
Mexicas, y si hay sangre es por sobreabundancia e
impaciencia de satisfacer el imperioso deseo que impone
su ley.
Hay inocencia en la exposición del hecho. Hay juego
de palabras que en vez de ocultar hace más evidente la
desfachatez de la imprescindible trasgresión, ya que
toda prohibición constituye un desafío al verdadero
artista y la dictadura de lo políticamente correcto
tiene que ceder el paso a la Ley de la Vida. Si hay
arrogancia es la que surge del orgullo de estar cargado
de tanta Vida. Entre estas pinturas no estamos en el
mundo de lo que debía ser, sino en la tierra de lo que
es por lo que vales. Y por esa vida indiferenciada que
hierve en las venas y palpita en cada uno de los órganos
vitales.
El espacio del estudio estaba cuajado de todas
estas potencias y presencias y cuando salimos al patio,
durante un largo rato, un lucero muy lleno de
intenciones me estuvo cuqueando por entre el follaje de
los altos árboles. Las fuerzas del Mundo en la plenitud
de su seducción me habían envuelto en el instante
perpetuo de mi presente, el "Pájaro lindo de la
madrugada" me hacía guiños por los intersticios de las
pencas.
Miami, FL 2005