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UN COMPAY QUE BAILA COMO EGIPCIO.
Por: Martín Peregrina Espinosa
De pilón café cubano. Oil on Canvas. 2004. 122 x
214.5 cm / 48 x 84 ½ in
¿Qué relación puede haber entre un compay
cubano y Amenofis IV?, ¿Entre un kikirikí isleño y el
dios Horus?. Pareciera una imprudencia hermanar tales
personajes. Sin embargo, tal problema halla su solución
en la pintura de Carlos Luna. Al menos en la serie que
ahora nos muestra, la relación mencionada es más cercana
de lo imaginado.
Recordemos que las representaciones pictóricas
primitivas, aquellas que reflejan la civilización
temprana, dieron cuenta de la clase y función de los
objetos y seres representados por medio de esquemas
geométricamente definidos.
En los murales egipcios, se representaban los rasgos más
significativos, tanto de los seres humanos, como de los
animales y plantas. Crear por medios ilusorios las
relaciones espaciales entre ellos y su entorno, era una
cuestión innecesaria. Sabemos incluso que fenómenos
atmosféricos tan cotidianos como las nubes, las puestas
de sol, o el propio cielo azul, nunca fueron incluidos
en sus pinturas, por considerarlas fuerzas contrarias al
orden humano. Tenemos entonces que el tema primordial de
sus representaciones era el hombre: Las actividades
humanas, civiles y religiosas, que desarrollaron los
egipcios durante los periodos faraónicos.
Empecemos entonces a tender lazos. El modo en que los
egipcios representaron la figura humana, método tan
singular que el propio R. Arnheim le da validez autónoma
“El método egipcio”, consiste en: Figuras masculinas o
femeninas, de pie o sentadas, con cabezas y piernas de
perfil, pero sus torsos vistos de frente, frontales. El
ojo del individuo, que también “debía” presentarse de
perfil, está dibujado frontalmente. Este mismo esquema,
lo podemos reconocer en los personajes de Carlos Luna.
Evidentemente, no existe una transposición total: En las
pinturas de Luna también encontramos personajes vistos
de frente, pero que mantienen un mismo esquema sintético
de identificación y expresión. Pero en su mayoría, se
tratan de individuos de perfil con ojos vistos
frontalmente. Tal método de representación refuerza el
impacto directo del objeto, su identificación sin
preámbulos.
La figuración que Carlos Luna ha manejado hasta ahora,
presenta al hombre como tema principal, como centro
ordenador de todo acontecer, de toda circunstancia. Por
supuesto, se trata de un individuo con un contexto
diferente al de aquel egipcio; Y por ende, con otra
historia que contar. Pero antes de revisar las posibles
coincidencias en el mensaje, terminemos de mencionar
aquellas de índole representativa.
El hecho de que la pintura egipcia fue básicamente un
medio para contar, no excluye su refinamiento plástico.
La pureza de la línea y la fina harmonización en el
manejo del color, alcanzaron resultados impresionantes.
Luna también ha demostrado una gran depuración técnica,
sobre todo en sus recientes series, en donde la gama
cromática se ha ampliado, y la línea adquiere cualidad
de forma y viceversa. Muestra también una novedosa línea
discontinua, a manera de “Bordado”; elemento que juega
un doble papel: El de bordado como tal, representado
como parte de la vestimenta de sus personajes. Y como
bordado ilusorio, que sujeta al personaje, como si fuese
un gran recorte, sobre la tela en que se halla pintado.
Otro elemento impactante e innovador es la
representación de la tela de encaje, con la que viste a
sus personajes: Meticulosa filigrana de materia y color.
Todos estos elementos crean una verdadera “fiesta
visual”, que inevitablemente atrapa la mirada del
espectador.
La figuración simbólica también muestra sorprendentes
coincidencias. Cuantas veces Luna nos ha mostrado aquel
personaje con cuerpo humano y cabeza de gallo, como el
individuo que adquiere mediante el nahual las cualidades
de su animal hermano. Obviamente cualidades sobrehumanas,
semi-divinas. Personaje nada lejano a la representación
de diversas divinidades egipcias, que muestran cuerpos
humanos y cabezas de animales; personajes como Horus, el
dios-halcón, Anubis, el dios-chacal, o Sebek, el
dios-cocodrilo.
Y aquél personaje misterioso, del que solo vemos medio
rostro frontal asomado; en ocasiones travieso, en otras
siniestro, que no es sino una interpretación que Luna
hace de Elegguá, el santo-niño del panteón yoruba.
Personaje que también encuentra su equivalente en Atón,
el disco solar; único dios impuesto por Akenatón, el
faraón herético. Representación que aparece en numerosos
murales y bajorrelieves en Tell-el-Amarna, disco solar
que emana sus efluvios sobre Akenatón y su esposa
Nefertiti.
Las relaciones encontradas no significan de ningún modo
una apropiación. En la pintura de Carlos Luna igualmente
podemos encontrar reminiscencias de otros estilos
representativos, pero coincidentemente primitivos:
etruscos, africanos, bizantinos. Esto revela que la
pintura de Luna ha surgido de las fuentes, y de modo
natural. Él mantiene esa filiación con las raíces
multiculturales de su patria, raíces de verdad añejas. Y
bien sabemos que ésta misma herencia ha dado fabulosos
frutos en la obra de otros creadores.
Evidentemente la pintura de Carlos Luna ofrece
cualidades propias: Exhuberancia cercana a la
estridencia, refinamiento técnico, colorido vibrante, y
un humor festivo, popular pero a la vez refinado. Además,
el contexto mexicano se deja sentir ya en su obra, sobre
todo en el barroquismo cromático y artesanal.
La garantía que nos ofrece reconocer los valiosos
orígenes de su pintura, nos permite acercarnos ahora, (a
través del singular paralelismo egipcio) a las
motivaciones que van generando su obra, a lo que
constituye su verdadero arte, su alma. Y podemos jugar
entonces con la perspectiva que nos da el tiempo y el
espacio.
Ya vimos que, tanto los murales egipcios, como la
pintura de Luna nos cuentan historias; historias
centradas en el hombre y su contexto. En ambos casos,
manejando un método de representación semejante, que
refuerza la expresión de los dos discursos. Sin embargo,
las historias egipcias nos muestran una diversidad
temática determinada por los sucesos cotidianos: El
trabajo, la condición social y la religión. El pintor
estaba limitado a la crónica impersonal. En otros casos
de representación primitivos, como en la pintura
bizantina y románica, el panorama temático es más
reducido, pues el pintor estaba comprometido a
representar exclusivamente la iconografía cristiana:
Dios-Cristo, la Virgen y el coro angélico. Obviamente,
empleando una figuración también esquematizada.
Tal autonomía plástica, lograda por la delimitación
temática, pero sobre todo por la esquematización y la
reiteración, crea una barrera virtual, un
distanciamiento. El espectador se vuelve testigo inerme
de un orden distinto al tradicional humano, una
dimensión inaccesible, pero al mismo tiempo fascinante.
La obra de Carlos Luna ha alcanzado ese punto.
Curiosamente, la barrera a la que nos referimos, toma
cuerpo en sus pinturas a través de un elemento constante
en su obra: Las cortinas, barrera festiva que acentúa la
presencia de los personajes, su espectacularidad; pero
que también nos delimita un espacio escenográfico al que
no podemos penetrar, solo admirar.
Su iconografía, plenamente decodificable, da forma a
conceptos tales como: Identidad cultural (cubanidad),
identidad personal (virilidad), e ironía. La ironía
produce ciertamente humor.
La autonomía plástica alcanzada por Luna, supera ya la
búsqueda de un estilo, que ha alcanzado, penetrando en
el territorio primitivo que busca atrapar la atención
del espectador, imponer su presencia, y llenar los
posibles vacíos con su otredad.
Afortunadamente no estamos frente a un producto del
mounstro de mil caras llamado mass-media, pero tampoco
ante la obra de un pintor-cronista egipcio. Mucho menos
ante el dictador que impone doctrinas cada vez más
vacías, ya sea desde el trono o el púlpito. Estamos en
cambio, frente a la obra de un artista libre, pero
disciplinado en una fe: En la de sí mismo, y en la de
los límites que él mismo va marcando. Su propio
desarrollo serial así lo ha demostrado.
Por ahora, solo basta dejarnos hechizar con las
historias del Compay: Un guajiro bullanguero y ricachón,
que cuida de su platanal, que puede sentir nostalgia,
que puede sentir calenturas, y que en su frenético
discurso, parece bailar como egipcio.
Puebla, Mexico, 2001
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