Carlos Luna
El
artista como es
Jaime Moreno Villarreal

Al contemplar por primera vez un cuadro de Carlos Luna
asalta la paradoja de su volumetría que, aun cuando
extremadamente turgente, acentúa la bidimensionalidad.
A menudo la perspectiva de fondo se acorta o se anula,
mientras que los primeros planos son descomunales. Las
redondeces del diseño, modeladas mediante gradaciones de
color y tornasoles muy contrastados, si bien sugieren
volúmenes pronunciados, acentúan mecánicamente la
geometría de la composición, privilegiando la
articulación de las figuras y secciones sobre el efecto
de bulto. Así, el triunfo del delineado y la
parcialización sobre la profundidad produce una
sensación de cautividad de espacios y cuerpos.
¿Sería demasiado evidente relacionar esta
volumetría, esta auténtica turgencia cautiva, con la
insularidad de Cuba, tanto con “la maldita circunstancia
del agua por todas partes” como lo expresa el pintor en
una de sus obras, cuanto con el confinamiento de su
pueblo, manifiesto en esa recurrente figura de un avión
—siempre un avión de la compañía Cubana de Aviación— que
cruza el cielo de sus cuadros? Demasiado evidente, pero
posible. Esa sensación de cautiverio plástico en
perpetua emancipación puede hallarse también, con
diversos tintes, en la obra de otros artistas cubanos
exiliados, como José Bedia y Segundo Planes. En Carlos
Luna, las figuras de miembros fraccionados sugieren
marionetas —y recordemos que uno de los grandes tópicos
de la marioneta es la contradicción entre su sueño de
libertad y la sujeción a la que se halla sometida.
La parcialización dinámica de las figuras en
Carlos Luna, si bien ostenta las junturas y
articulaciones de la marioneta, guarda desde luego
relación con la iconoclastia futurista y con otros
gestos vanguardistas, por ejemplo los planos
superpuestos del cubismo. De hecho, el pintor cubano
parece haber desprendido del futurismo histórico el
valor de la pintura como drama expresado en forma
y color, y al plantear en ella un teatro de lo social
cubano parece asentir a la máxima expresada por
Pallazzeschi, “en vez de detenerse en la oscuridad del
dolor, atravesarla con ímpetu para entrar en la luz de
la risa”.
Luna sobrepone humor a las
imágenes más crudas, rasgo que lo liga, claro está, a
otra tradición moderna: el culto al saltimbanqui y
al payaso circense como héroes de ocasión y actores de
un loable fracaso perpetuo.
Así el pintor va presentando una
socialidad.
Ya como el fondo de la desesperación encubierto tras
proeza sexual, ya como la idiotez o locura que alcanzan
redención estética, ya como un anhelo y una premonición
que se proyectan mediúmnicamente a través de conos de
luz que surgidos de los ojos de las mujeres, en la
pintura de Carlos Luna hay una invitación a aclimatarnos
a la visión del mundo que surge de su grupo social de
referencia en los márgenes de la vida civil
reglamentaria. La Cuba paisana con su naturaleza, su
maldición, su rara armonía, su genio. Los personajes de
estos cuadros brotan eminentemente de un fondo
biográfico.
Carlos Luna nació el 2 de enero de 1969 en San Luis, un
pueblo tabacalero en el Estado de Pinar del Río. Su
origen guajiro, campesino, ha quedado plasmado en uno de
sus personajes característicos: ese hombre de campo
bigotón que porta sombrero de tres pedradas, soberbio,
macho, impulsivo, a veces abusivo, pero que también sabe
ser leal, a quien llama “El Guajiro Compaysico”, paisano
que en el cuadro El Mirón (1988) queda
representado sustancialmente como un obseso. El pintor
expone la explosión frenética de la vitalidad de los
suyos. Desde el fondo próvido de la infancia surgen no
sólo gran parte de los elementos que forman su
iconografía (el gallo, el toro, el caballo, la manigua,
la mujer voluptuosa, el avión, el busto de Martí) sino
también las anécdotas en que los cuadros se fundan.
Muchos de ellos reproducen algún lance o acontecimiento
vivido o fantaseado en su pueblo natal. Luna monta un
teatro donde el incidente ridículo se trenza con la
efeméride histórica, el lío de faldas con la coyuntura
política, el crimen pasional con la idiosincrasia; el
chisme, el chiste, la tragedia hacen el tejido privado y
mundano de su pueblo: danza graciosa y terrible de la
libido y la represión. Toda apariencia se metamorfosea
en apetencia.
El ojo del pintor arraiga ese microcosmos
feérico y sexual. Acoge la notoriedad de lo que pudo
ser banal y rescata su valor de juego. Es un ojo que
todo lo indaga, que guiña con ironía, se entorna con
simpatía, se asombra redondamente y halla su símbolo en
esas mascarillas de Elegguá que aparecen siempre
atestiguantes en sus telas. En la religión yoruba,
Elegguá es una divinidad intermediaria entre los hombres
y la naturaleza. Se le representa por medio de pequeñas
cabezas redondas. Es un santito, es un niño mirón.
Carlos Luna ha hecho de esa figura un símbolo primordial
de su iconografía, como en algún momento lo fue también
en la pintura de Wifredo Lam. Elegguá representa la
comunicación y el destino; ayuda en las decisiones, abre
y cierra los caminos. Es un chismoso y un vigilante.
Como máscara —o mejor: media máscara, a la manera de los
disfraces de la commedia dell’arte— su
funcionalidad gráfica puede incorporarse a cualquier
sección o figura del cuadro, y eso lo hace perfectamente
útil para el teatro. Elegguá todo lo mira, Elegguá todo
lo encarna. Es el sol, es la luna, es un foco; por
momentos nos recuerda las candilejas del foro teatral.
Ese foro, que adopta efectivamente
características de guiñol, guarda una clave de riqueza
cultural vivida como espectáculo. Cuba aparece en la
obra pictórica de Carlos Luna como un gran teatro, y en
su memoria de artista son muchos los tablados, palenques
y tinglados que se entrecruzan. Su conciencia muy aguda
del teatro de lo social proviene seguramente del recurso
al espectáculo que, en Cuba, adquiere proporciones de
educación intensiva. Como estudiante en las escuelas de
arte, el pintor debió asistir obligatoriamente
durante años, todas las semanas, varios días a la
semana, al ballet, a los conciertos, a los concursos de
música, a los concursos de teatro. Ahí conoció las
glorias y los avernos de espectáculos magistrales y
aborrecibles. Con el tiempo el teatro por obligación lo
saturó. No más conciertos, no más espectáculos, ya ni
siquiera ir al circo. La educación intensiva adquiere
visos de adoctrinamiento. Súmese a ella el gran teatro
político de los “actos revolucionarios” montados cada
viernes bajo el sol en las escuelas elementales, el
teatro de los mítines multitudinarios zurcidos con
interminables discursos, el de las reuniones del Comité
de Defensa Revolucionario tramados de espionaje y
chantaje de buena fe. En la memoria de Carlos Luna
asoma, casi defensivamente, el modesto tinglado de
marionetas que admiró en la infancia, y uno de cuyos
personajes, el viejito que decía mentiras, era la
parodia de Fidel Castro. El héroe se funde y confunde
con el bufón: la gran pureza se revela gran
deformación, la hazaña histórica es también gran
charada, el orden civil y disciplinario de la vida
cotidiana no resulta otra cosa que un desorden
controlado.
¿Desorden controlado? Desde 1992, Carlos Luna
se avecindó en México y halló en la ciudad de Puebla de
los Ángeles un entorno propicio de trabajo. A
diferencia de Cuba, donde la sensualidad se enseñorea en
la vida cotidiana, en el altiplano mexicano ésta tiende
a solaparse: el mexicano disimula y agrede, es retraído
y violento, su hipocresía traduce aún las formalidades
de la cultura cortesana novohispana. En Puebla, Carlos
Luna halló un teatro alterno, donde lo sexual está
siempre latente, encerrado tras los muros de lo privado
pero insinuado en pesados silencios, circulando por
debajo de la mesa. Puebla, ciudad barroca por
excelencia, colma con reflejos invertidos aquel desorden
controlado que Carlos Luna aportó de Cuba.
A menudo, en su pintura el espacio de ese
desorden, latente y emergente, halla manifestación en
imágenes de una naturaleza vegetal hinchada de contornos
genitales. Las matas revientan la tierra con sus
redondeces. Entre un hierbajo y otro se sostienen
agitados diálogos que son de testículos y glandes con
tetas y grandes culos. Es la manigua, una espesura
caliente y ubérrima. Sí, es la manigua de Wifredo Lam,
la misma que fue exaltada por los surrealistas, y de la
que Pierre Mabille exclamó: “evoca un universo donde
los árboles, las flores, los frutos y los espíritus
cohabitan gracias a la danza... la vida estalla por
todas partes, libre, peligrosa, surgiendo de la
vegetación más exuberante, dispuesta a todas las
mezclas, a todas las transmutaciones, a todas las
posesiones...”
Naturaleza en la que el animismo cobra su imagen plena,
pero que es al mismo tiempo plasmación de la socialidad en torno.
De repente, del bulbo de una de esas flores
brota un líquido seminal. La manigua se tiñe de rojo. El
espíritu es carnal, lo votivo se ayunta con la
intemperancia. La manigua encarna en la pintura de
Carlos Luna esa atmósfera genésica y cachonda que se
respira en Cuba. Es por otra parte imagen de la tierra
nativa evocada desde el exilio. La mejor recreación que
yo conozco de esa jungla animista la hizo Severo Sarduy,
precisamente desde el recuerdo, y de ella copio
un fragmento:
Todo lo recto —canuto de la caña, largas piernas
sin rodilla, cilindro de los brazos— se rompe en curva:
nalga, liana, hamaca, trayecto por el cielo de la luna
diurna.
Todo es efímero como el paso de un pájaro, y sin
embargo fijo, inmóvil en el aire denso, en la quietud
insular del mediodía.
O no. Un ligero temblor, un balanceo en las hojas
hinchadas, verde y blanco, de la yagruma, en las fuertes
flores que gotean una baba transparente y morada, en las
líneas rojas de los troncos avinados. Algo se mueve,
algo pasa: el viento, la fuga de un cimarrón, la
amenaza de una tijera abierta.
Como escenógrafo e iluminador de ese gran
teatro, Carlos Luna establece a través de la temperatura
del color no sólo estados anímicos, sino que desata
verdaderas sinestesias. Así, en la dilatada serie de
lienzos consagrados a la figura del gallo, también
confeccionado con volutas de genitales masculinos,
frecuentemente el cromatismo produce el efecto del
canto: según las tonalidades del rojo, del azul, del
amarillo o del verde —y con las resonancias que diseña
la geometrización del espacio— el espectador escucha la
calidad del canto acorde con la hora del día. Señalador
del tiempo, el gallo es también una suerte de director
de escena. Es, de algún modo, la luz. Se confunde con
el sol, es un creador. Es un macho, el señor del
gallinero. Es el ave de la plenitud. Pero caramba, con
todo y todo el gallo es un pájaro que no vuela. ¿A qué
espectáculo nos introduce si no al de la condición
humana que toma amarga conciencia de sí misma?
Porque aquí se está jugando una experiencia de vida.
Entre las diversiones populares que marcaron en la
infancia al pintor, se cuentan en primer lugar las
peleas de gallos a las que asistía, y que, ciertamente,
no eran legales. En el pueblo de San Luis había siete
“vallas” o palenques. De niño, Carlos Luna fue
gallero. Crió, entrenó y peleó gallos. Esa pasión se
traduce en sus soberbias aves.
Va de cuento. Una vez que se pactaba un encuentro
entre familias, todos sabían que el domingo iba a haber
pelea de gallos pero nadie lo delataba. Para llegar a
la valla había que salir del pueblo y hacer un largo
recorrido por el monte y sus vericuetos, en las zonas
más intrincadas de la manigua, obedeciendo a un impulso
de clandestinidad tenso y festivo. Se pagaba por estar
en la valla, en tanto que algunos vigías velaban desde
lo alto de la loma por si pudiera acercarse la policía.
En la parte alta de un rancho, escondido en la
espesura, había un gran hoyo circular excavado en la
tierra. En torno, se acomodaban los asistentes. Para
resistir el intenso calor durante el combate, el hoyo se
rellenaba con bloques de hielo. Luego el hielo se cubría
con mantas de saco, y sobre el yute se tendían pencas de
guano (es decir, de palma) sobre las que se esparcía
aserrín y paja de la molida de arroz. Ahí se peleaban
los gallos, en el redondel que quedaba un metro por
debajo del nivel del suelo. Las peleas eran ocasión de
terribles desahogos, donde brotaba la furia social y la
impotencia ante la represión política; pero luego de un
rato, la gente compartía de modo amistoso. Al término
del combate, las vallas se camuflajeaban cubriéndolas
con tablas y guano. Las vallas de gallos eran bien
conocidas por el gobierno, pero fueron uno de los
espacios ilegales poco intervenidos por la autoridad.
El palenque da también forma a esa
socialidad llevada al teatro. Por medio de la
figura del gallo, Carlos Luna contó primero en sus
cuadros historias locales sin pintar a los protagonistas
específicos. Luego, al complicar la figura y
convertirla en hombre-gallo, el pintor comenzó a hablar
de sí mismo. Que ese hombre-gallo debe mucho al
espectáculo, puede apreciarse en cuadros como El
adiós (1999) o Serenata pa’ ti (2000) donde
aparece interpretando un papel. Dentro de esos foros,
aquella sensación de volumetría aplanada que, decíamos,
asalta al contemplar por vez primera la pintura de Luna,
adquiere otros visos. No es un aplastamiento
descompuesto, no es un prensado de informaciones, ni es
una carencia de perspectiva. Es la reducción de la
escena al estrecho proscenio de una pantalla, como en el
teatro de sombras y en los títeres.
La función social del espectáculo queda muy pronto
clarificada como una mediación del conflicto. Carlos
Luna recuerda la curiosa institución festiva que su
natal San Luis mantiene: “Los miércoles del bolero”, el
día en que la población se reúne en la Casa de la
Cultura para cantar. Uno a uno, los aficionados —que no
son otros que los vecinos— suben a la tarima. Una malla
los protege, pues si su son y entonación no resultan
agradables, llueven junto con los abucheos los zapatos.
Ahí las señoras se vengan de sus maridos, los trapos
sucios se ventilan y se dirimen las contrariedades: el
espectáculo público, si no resuelve el conflicto social
por lo menos lo encauza en una representación alterna.
En la pintura de Carlos Luna, con telones, decorados e
iluminación focal, el espectador contempla episodios
alegóricos de ese pueblo de San Luis.
Ya dijimos párrafos atrás que en la tradición
de la marioneta se juega una metáfora entre el sueño de
la libertad y la realidad de la sujeción. Ese es el
gran mito del muñeco articulado. Quizá la versión más
famosa del mismo sea el Pinocho de Carlo Collodi: un
muñeco que se aleja del autómata clásico (aquellas
maravillas mecánicas que producen la impresión de estar
dotadas de movimiento autónomo) para actuar, con toda
voluntad y capricho, por su cuenta. Pinocho es el
muñeco rebelde. Travieso, desobediente, mentiroso, no
se conforma con el papel de héroe ejemplar. Realiza esa
liberación del yugo de su creador que tantas veces
soñaron las marionetas. Los personajes de Carlos Luna
participan de esa rebeldía fanfarrona, de esa
irreductibilidad. Se resisten a ser muñecos.
Vale vindicar a la marioneta, y recordar para
la pintura que una de las fuentes vitales de la primera
iconografía picassiana es el teatro de marionetas que el
joven artista malagueño presenció repetidamente en la
cervecería “Els Quatre Gats” de Barcelona, cuyos muñecos
de madera estaban emparentados con Pierrot y Arlequín.
Y por supuesto que el cinematógrafo no es ajeno a este
tinglado. Véase por ejemplo al hombre-gallo de Carlos
Luna, enamorado ofreciendo flores en Dile que me diga
que sí (2000). El cuadro está enmarcado por
cortinas de telón. ¿No hay algo ahí de un Charles
Chaplin enamorado de Mary Pickford o de Virgina Cherrill?
Que una plausible marioneta nos recuerde a un Charlot
enamorado, ¿no se debe acaso a que la marioneta es el
modelo articulatorio del arte mímico de Chaplin? Pues
sí: parte fundamental de la eficacia silente de Chaplin
consiste en que pone a un hombre-marioneta a actuar libremente entre los hombres, dotando a sus
movimientos mecanizados de la emoción final de ser
autodeterminados: metáfora final del triunfo de la
libertad.
Charlot fue, qué duda cabe, uno de los inspiradores del
teatro y el ballet vanguardistas del siglo XX, en el que
participaron algunos de los más ilustres pintores (entre
ellos Picasso, Matisse, Léger, Gris, Braque, de Chirico,
Miró, Larionov y Goncharova). Varias de sus puestas en
escena recurrieron a ese símbolo muñequil de la libertad
humana que representa Arlequín, con toda la troupe
de la commedia dell’arte, que ahora vemos
acaso rearticulada por un personaje del campo cubano, el
Guajiro Compaysico y un gallo que acaso nos recuerde,
por otro costado, a Chanticleer. Compárse la
articulación de Soy Guajiro compay, ¡soy! con la de uno de los actores del ballet
Skating Ring,
creado por Fernand Léger en 1921 para los Ballets
Suecos, inspirado en Chaplin [fig. 1]. Evidentemente,
en Léger hay un ambiente de automatismo industrial.
Pero lo que une a ambos “mimos” en el plano de la
tradición escénica es la mecánica de la marioneta.
Armado con su machete, parecería que el Guajiro
Compaysico nada tiene que ver con el pacífico Charlot.
Pero recordemos que el mimo del cine usaba su bastón
también como un arma. Ambos personajes nos remiten
necesariamente a los títeres de cachiporra, que usaban
un garrote para hacerse justicia por propia mano. Así
transcribe un cronista en 1895 los varazos que propinaba
la marioneta de nombre “Cristobita” en un teatro de
títeres: “Los héroes de los dramas que hoy llenan la
escena resuelven los problemas más irresolubles
valiéndose del puñal, la espada, el veneno o el
revólver. Cristobita se vale del palo. La porra con
que machaca a sus acreedores impertinentes, a los
amigos, falsos, al malaventurado que pone los ojos en su
mujer, a cuantos, en fin, se le atreven de obras y
palabras... Si San Telmo se le sube a las gavias, nada
son para él el poder civil y el poder militar.”
El recurso a la marioneta para hablar de la
condición humana y de la libertad del hombre es muy
antiguo. Aparece ya en Platón. En su “alegoría de la
caverna” utiliza el tema del teatro de títeres para
hablar sobre la percepción de la realidad. Si un grupo
de hombres encadenados de piernas y cuellos desde niños,
impedidos de girar en torno, contemplaran siempre la
sombra sobre el muro de unas figuras que se hallan en un
tinglado a sus espaldas, pensarían que esa es la
realidad. (La República, 514-519). Si en la
alegoría de la caverna Platón había utilizado el símil
del teatro de sombras, fue en las Leyes donde
empleó a la marioneta como metáfora del hombre. Los
hombres podrían considerarse como marionetas fabricadas
por los dioses. Los hilos interiores que los mueven son
conducidos por fuerzas opuestas, que los inclinan a
realizar acciones opuestas, ya hacia la virtud, ya hacia
al vicio. Según el filósofo, el hombre debe obedecer
sólo a una cuerda, resisitendo los estirones de las
demás, la cuerda de la razón (Leyes, 664).
En las marionetas hay pues una imagen de
sometimiento, pero también una vía de liberación. ¿Qué
hay en el teatro de la pintura de Carlos Luna que tanto
apela al hombre contemporáneo?
Uno de los temas maravillosos del mundo de los títeres
es el del artista invisible. ¿Quién es el que está
detrás de la cortina, el que mueve los hilos; de quién
es esa mano que da la vida al muñeco? Cuando termina la
función de marionetas, el artista invisible sale al foro
para recibir los aplausos. El efecto no puede ser más
decepcionante. El público acaso espera que el
titiritero se parezca a sus muñecos, como si el Dios de
ese mundo hubiera de estar hecho a imagen y semejanza de
sus criaturas. Pero no lo está, no del todo. Este
desengaño es remate de la función, y reviste en el
teatro de títeres de una nobleza particular: al
mostrarse el artista como es, revela una de las claves
fundamentales del arte, el desvelamiento.
El desvelamiento del teatro: la
pintura de Carlos Luna.
Mexico, DF Octubre, 2001
Aldo Pallazzeschi, Contra-dolor
(manifiesto), cit. en Mario de Micheli, Las
vanguardias artísticas, Madrid, Alianza,
1992, p. 247.
Pierre Mabille, “La manigua de Wifredo
Lam”, en Biblioteca de México, núm. 13,
ene-feb. de 1993, p. 57.
Severo Sarduy, “La jungla”, El Cristo de la
rue Jacob, en Obra completa, t. I,
Madrid, Galaxia Gutenberg, Col. Archivos, pp.
73-74.
J. Gestoso y Pérez, art. cit. en Francisco
Porras, Titelles: Teatro popular, Madrid,
Editora Nacional, 1981, p. 216.
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