que
se abra de capa, que se hinche como vela
de
náufragos o vientre de ballena
para
recibir, al fin, esta oración que viene
de
una soledad muy antigua,
anterior a las vendas de las momias,
anterior al relámpago negro de la vida.
Entumecido, al alba, te suplico:
destíname una jaula al fondo de un jardín,
donde le de la luna a mis perfiles,
donde pueda escuchar décimas campesinas
o a
los animales que luchan
por
la libertad de las piedras.
Prende una cachimba llena de pólvora
en
un bosque de pinos
o
dentro del caparazón de una tortuga.
Cuídame de las felonías de la envidia
y
del odio que se robustece
junto a los huesos, aun con carne, del olvido.
Con
cuchicheos de clave o cháchara de rezos
en
los guiros, yo te invoco:
aléjame del agua que lava cada mes
la
sangre de las reinas. Que mi sed
no
se calme en sus espumas.
Líbrame de los sudores vírgenes de las axilas
perforadas y de las voces paridas en el monte.
Bloquea el poder de cascabeles vegetales
y de
esos gallos de pescuezo pelado
que
traen dos machetes en el pico.
Protégeme del amor traicionero
aunque resulte inútil.
Cuídame del veneno de la angustia
y de
la ingravidez nacida de la falta de fe.
Quítame las plumas, si quieres,
o la
calvicie de la luna.
Córtame las venas, si quieres,
o
encarcela una procesión de piedras.
Pulveriza mi esqueleto de viejo.
Espárcelo sobre mi esqueleto de niño.
Con
agua de Budapest o de Praga
remoja mi lengua y seca mis palabras.
Con
agua de Coyame o de Jesús Maria
lava
mis pies y borra mis trayectos.
Con
agua de Colonia o de Benares
limpia mis ojos y purifica mis entrañas.
Arrodillado, en mitad de la noche, te lo ruego:
ayúdame a creer en lo increíble y a ver lo no visible.
O de
una vez por todas déjame romper el laberinto
de
una cristalería infinita
para
poder dormir como dicen que duermen
los
perros callejeros,
las
portadoras de buenas noticias
y
los mancos que sueñan con tambores batá.
Mexico DF, Abril de 1998